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Stage de Rascafría: Del Cielo a la crudeza del destino en un solo segundo

3 de Diciembre de 2013 en cicloturismo

La increíble consecución de la llegada a la cumbre de la Bola del Mundo se vio eclipsada por un desgraciado accidente de Pau en el descenso. Crónica del último Stage de Rodadores en Madrid.


13 de septiembre. Tal como hicimos dos años atrás, volvemos al mismo lugar, el mismo fin de semana, en Rascafría. Todos nos las prometemos bien felices. Unos llegan desde Valencia. Otros desde Madrid. Otros desde Puertollano. Unos antes; otros después. Cada cual con sus circunstancias, la cuestión es que esta pequeña y preciosa población de la Sierra de Guadarrama es nuestro punto de encuentro.

 

Esta vez componemos la expedición los siguientes Rodadores: Carlos, Chevi y Yaiza, Dani y Ana, Diego e Irene, Miguel, Miguel Ángel, Pau,Toni, Sami (un buen amigo invitado por Chevi), Marta, y quien escribe este relato. En definitiva, diez ciclistas y cuatro maravillosas mujeres dispuestas a acompañarnos en el resto de actividades del fin de semana.

 

Nos alojamos en la Casa Rural Valle del Paular; absolutamente recomendable. Muy bien equipada, excelente precio, y fenomenal atención al cliente.

 

El sábado amanecimos pronto, como suele ser habitual en estas aventuras. Teníamos por delante el reto de superar el exigente reto de completar las ascensiones de Cotos, La Bola del Mundo, La Morcuera desde Rascafría y Canencia; con la opción final de Navafría, por si fuera poco, siempre que nos diera tiempo.

 

Poco a poco, acudimos a la cita en la planta baja de la casa, donde habían dormido nuestras queridísimas bicicletas. El paseo inicial por el pavé de Rascafría recuerda la épica del ciclismo. Debe ser durísimo soportarlo a toda velocidad en la París-Roubaix o el Tour de Flandes. Ojalá algún día pueda probarlo. En esta ocasión todo era mucho más sencillo, puesto que estábamos bien frescos y rodábamos con suma tranquilidad. Cruzamos el pueblo, en dirección al Monasterio de El Paular. Este lugar es un pequeño paraíso. Dejamos atrás los bares donde sirven apetitosas sopas castellanas y las vistas del lugar donde habitan los monjes, los parques, el acceso a Las Presillas... Existen pocos lugares tan emblemáticos en la Sierra de Guadarrama y, por extensión, en España.

 

Precisamente desde El Paular, comienza Cotos, un precioso puerto que se inicia en el Valle del Lozoya para acabar en una meseta a 1800 metros de altitud que une este lugar con Navacerrada en apenas siete kilómetros. 14 kilómetros al 4.5% de pendiente media, con su segunda mitad a unos casi continuos desniveles del 6%. Si bien no es la ascensión más dura de la Sierra, sí que es una de las más bellas. La carretera tiene mucho encanto. No es excesivamente ancha, a la antigua usanza, y está rodeada de un paisaje repleto en de pinos y robles, aparte de las numerosas cascadas, de los riachuelos... y de alguna que otra vaca, como es habitual.

 

Subimos de manera muy tranquila, charlando los unos con los otros, sin el menor afán competitivo, y pendientes de Sami, el más novato en estas lides. Poco a poco, se fueron sucediendo los kilómetros hasta llegar a la cima. Allí nos reunimos de nuevo, tomamos alguna fotografía, e iniciamos la marcha hacia el que iba a ser el gran reto de la jornada y, probablemente, uno de los mayores en la Historia de Rodadores: La Bola del Mundo.

 

 

 

El trayecto entre Cotos y Navacerrada es espectacular. Se divisa la ladera de la vertiente de este último puerto por las Siete Revueltas, desde La Granja de San Ildefonso, en Segovia. Un auténtico lujo para los sentidos. Aproveché para hablar un buen rato con Diego. Lo echaba de menos. Quienes siguen habitualmente este blog saben de sobra que ni mis aventuras ni las de muchos integrantes de Rodadores habrían sido iguales sin dos amigos con mayúsculas: Diego y Moiso. Ellos fueron los pioneros, y más valientes que nadie. Nunca jamás olvidaré la Quebrantahuesos bajo la lluvia. Y, fuera de la bicicleta, no es necesario que hable maravillas de mis amigos de verdad, y Diego y Moiso lo son con creces. De los de verdad verdadera. Por eso mismo añoraba tanto esos ratos. Entre unas cosas y otras, nos plantamos en Navacerrada, a pie de La Bola del Mundo. ¡Increíble!

 

La ascensión a La Bola del Mundo es tremendamente exigente. Al igual que comenté en el capítulo anterior en relación a Castríos, no sólo de números vive el hombre, por lo que la pendiente máxima del 19% se vuelve mucho más dura con el piso hormigonado y, en ocasiones, irregular. La primera rampa, junto al puesto de la Cruz Roja, define lo que nos viene por delante. Tres kilómetros y medio de infarto, pero también de ensueño. Pasamos la barrera por el pequeño hueco que deja a su izquierda. Algunos se quedaron rezagados desde allí mismo. Unos por no estar en plenitud de forma, otros por ser más novatos, otros por cautelosos, otros por no ser demasiado hábiles. El caso es que me encontré subiendo el primero por momentos, junto a Miguel, Miguel Ángel, Toni y Carlos. La ascensión es un continuo zigzag en el que apenas si hay descansos. Sólo uno, que yo recuerde, en el último tramo. La visión del horizonte invita a visitar Cerceda, Collado Villalba, El Escorial... Precioso. No obstante, eso es algo que ya se disfrutará más adelante. Por momentos me sorprendió la aparente prepotencia de Carlos. "Disculpad que os adelante, no puedo ir más lento", dice. Nada más lejos de la realidad. Resulta que el bueno de Carlos, excelente compañero, no podía ir más despacio porque dispone de un plato de 39 dientes, lejos de nuestros platitos de 34, por lo que estaba obligado a hacer mucha más fuerza, y por tanto avanzar más, si no quería verse obligado a bajarse de la bicicleta.

 

Pronto Toni y Miguel pasaron a ser mis referencias. Estábamos todos al límite. No podíamos ayudar a nuestros compañeros dándoles un solo relevo; no serviría de nada. Sin embargo, sí que sacábamos cualquier fuerza de flaqueza para animarnos los unos a los otros a base de gritos que daban muchísima moral a quienes los recibían.

 

Muy cerca de la cumbre, había senderistas caminando a quienes nos costaba adelantar. Yo iba en parte muy confiado, porque estaba acostumbrado a estas barbaridades en las últimas semanas (Castell d'Escornalbou, Picón Blanco, Castríos...). Recuerdo que una muchacha de buen ver, cuando apenas me quedaban doscientos metros, le comentó a su novio "Fíjate, yo también voy así de rápido". Aunque él me disculpó contestándole "sí, chica, en el llano..."; me tocó la fibra sensible y, entre las fuerzas que había guardado y me reprís a lo Valverde (a escala superlenta), solté un "salvaje demarraje" (como a Manu le gusta decir) hasta la llegada a La Bola del Mundo. Eso sí, impresioné a propios y extraños, pero en los últimos veinte metros debí llegar trazando eses, emes, zetas, y quizás alguna uve doble.

 

Como muchas veces una imagen vale más que mil palabras... éstas son las llegadas con la cara desencajada de algunos de los integrantes de la expedición.

 

 

Enseguida llegó Dani. Más tarde, Chevi. Aproveché para grabarles un vídeo de los últimos metros... y, por último, extrañamente, Pau. Digo que resulta extraño porque él es sobradamente el mejor escalador de todos. Sin embargo, parece ser que tras la barrera le había costado mucho comenzar a pedalear. En cualquier caso, todos allí arriba éramos auténticos héroes. Tengo el placer de haber compartido con buena parte de ellos ascensiones míticas en Alpes y Pirineos, sin duda las mayores aventuras de Rodadores, pero en cuanto a subidas extremas, La Bola del Mundo se lleva la palma. Obviamente, tanta felicidad tenía que verse inmortalizada en numerosas instantáneas; por lo que a ello nos dedicamos en cuerpo y alma con el permiso de un sufrido guardia de seguridad que vigilaba que no asaltáramos las instalaciones privadas. 

 

Desde allí, comenzamos el descenso. De vez en cuando, tomando más fotografías de los paisajes. El piso hormigonado obligaba a tomar precauciones, pero esas mismas precauciones hacían por otra parte que no fuera posible tomar riesgos a altas velocidades. Por detrás, Pau, de todos el más precavido, sin duda, alternaba la bicicleta con el senderismo, según le apeteciera y le pidiera el cuerpo.

 

Precisamente en un lugar muy cercano a donde fue tomada esta última fotografía, estábamos esperando todos a Pau. No teníamos prisa. Ya llegaría... y llegó. Nosotros estábamos situados a la derecha, cuando de repente vimos mucho polvo y gente huyendo despavorida para luego volver al instante. No sabíamos qué ocurría, pero algunos subieron rápidamente. "¡Es Pau! ¡Es Pau!". Entre unos y otros, montamos nuestra unidad de emergencias particular. Unos le atendían; otros buscábamos asistencia sanitaria. No me extenderé demasiado en esto. Simplemente, diré que la asistencia de la Cruz Roja fue fabulosa, que la actitud de Pau fue digna de elogio, transmitiéndonos a todos una inusitada calma, y que la labor de todos y cada uno de los miembros de la expedición fue encomiable. Yo, que la noche anterior ya le había confesado a alguno que otro que iba a dejar la presidencia, me sentí increíblemente orgulloso de todos mis compañeros. Fue un momento casi dramático, pero por suerte las consecuencias con el tiempo fueron a menos. Llamamos a Irene, siempre dispuesta a echar una mano, y vino a recoger las bicicletas de Pau y de Dani. Este último, como un hermano, le acompañó a nuestro amigo herido en la ambulancia al Hospital de Majadahonda. El resto, regresamos a Rascafría. Como no era cuestión de acudir en masa al hospital, decidimos ir sólo cuatro personas, por si nos teníamos que traer a Dani, ya que la hermana de Pau también estaba en Majadahonda. Así pues, acudimos Diego, Irene, Ana y yo. A medida que avanzaban las horas surgía el desconcierto, al que más tarde le sucedía una calma tensa. Por suerte, las noticias fueron cada vez mejores, o menos malas o, al menos, tranquilizadoras. Por supuesto, todos los compañeros de expedición estuvieron preocupados y pendientes de todo cuanto ocurría.

 

El resto del fin de semana no importa. Hubo una cena maravillosa por la noche en Casa Conchi, en Rascafría, y el domingo cerramos la estancia con la etapa final de la Vuelta a España.

 

Sirva este capítulo de homenaje a Pau, todo un amigo, compañero y señor. Un ejemplo de honestidad, de lucha y de saber estar. Hay muy poca gente que le llegue a la suela de los zapatos y, algunos, afortunadamente, tenemos la tremenda fortuna de conocerle y aprender de él cada día. Me alegro mucho que, meses después, podamos ver a Pau muy recuperado de sus lesiones, y que poco a poco todo vuelva a la normalidad.

 

Sirva también para rendir tributo a toda la expedición. Fabulosa. Las muestras de amistad y de compañerismo fueron enormes. En especial, quiero agradecer especialmente a Irene y a Ana toda la ayuda prestada en todas las gestiones y en toda la logística que fue necesaria. A la gente se le conoce cuando hay problemas. Muchos acaban escondiéndose. Esta expedición, sin embargo, fue de chapeau. Estoy orgullosísimo de contar con amigos así.

 

Sirva, por último, para reflexionar acerca de lo maravillosa que es la vida, y cuán puta puede llegar a ser por momentos. En un sólo instante, todo se puede torcer. Es por ello, que la crudeza de los avatares que se presentan debe servir para saborear cada uno de los buenos momentos que nos ofrece. A ese respecto, uno aprendió enormemente de Don Pau Gil Cortés el 14 de septiembre de 2013. Muchas gracias, amigo. Te queremos. 


Última actualización 11/12/2013 22:50:39


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