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El Ave Fénix vuela a la Maratona dles Dolomites

23 de Diciembre de 2014 en cicloturismo

Cuasi milagrosa recuperación tras la incidencia en la Irati Xtrem. El sueño es posible.


Allá por noviembre de 2013 tuve la gratísima sorpresa de ser agraciado en el sorteo de la Maratona dles Dolomites junto a Miguel Angel Granero. Luego llegó la inscripción en la Irati Xtrem. Ahora que todo ha pasado, lo puedo decir. Quería dedicárselas a mi futuro hijo. Por eso acabé la Irati Xtrem con el cuerpo maltrecho. Por eso hice la Brevet 300 de Massamagrell... y por eso me empeñé en recuperarme como fuera de las dolencias en cuestión de tres semanas; las mismas que separaban la Irati Xtrem en Navarra con la Maratona dles Dolomites en el norte de Italia.

Me tuve que armar de paciencia. Me pasé la primera semana tumbado en cama. La verdad, fue un auténtico coñazo. No sabía dónde meterme. Lo peor de todo es que no podía ir muy lejos, porque apenas podía moverme. Por suerte, un servidor tiene entretenimientos muy útiles para pasar estos ratos. La lectura de "La ciudad de los prodigios" de Eduardo Mendoza me fascinó. La autobiografía de Nelson Mandela me recordó que no tenía ningún motivo para quejarme. Aparte de eso, me refugié en la familia y en los amigos de verdad. Igual que hay ciclistas amantes de la épica y otros de salón, lo mismo ocurre con las amistades. Me resultó muy agradable la ayuda de quienes ya os daréis por aludidos. El whatsapp echaba chispas con el "Club de fans de Pere Mir" y con la gente simpatiquísima de la gimnasia, "Komanda". Tan aburrido estaba que vi incluso la coronación completa de los nuevos reyes. De principio a fin.



Y sin embargo mi cuerpo estaba cada vez más débil... para colmo, debido a la falta de ejercicio de ningún tipo perdí musculatura y gané peso. Me convertí en un zombie fofo. Las premisas no eran las mejores ni mucho menos para pensar en acudir a Italia. Sin embargo, hay situaciones en las que uno se encomienda no sé muy bien a qué y trata de afrontar la vida con optimismo. El sábado siguiente salí a la calle y me sentía rarísimo. Era como volver a descubrir el Planeta Tierra, y esta vez no estaba a mis pies. Algo parecido a como se deben sentir los recién nacidos cuando conocen el mundo en el que vivimos. Al día siguiente me atreví a andar cuatro kilómetros. No podía con mi alma. Si hubiera tortugas, alguna me habría adelantado fácilmente.

Poco a poco fui recuperándome física y anímicamente. Quedaban dos semanas y todo era posible. Finalmente, decidí encargar la maleta para llevar la bicicleta en el avión, una Massi rígida. La misma que compraría en paralelo Miguel Ángel, si bien cada uno en su tienda de confianza.

El 28 de junio, dos semanas después de la Irati Xtrem y ocho días antes de la Maratona dles Dolomites, volví a montar en bicicleta. Apenas 60 kilómetros. Entrenamiento ridículo en cuanto a números, pero vital para convencerme de que cualquier cosa era posible. Salida típica por el puerto de Mestanza, Hinojosas de Calatrava, puerto de Navalromo y subida al Mirador de la Santa en Almodóvar del Campo. Terreno rompepiernas con regalo final. Acabé cansado, pero feliz. Volvía a sentirme ciclista.


Al día siguiente, tres cuartos de lo mismo. Otra excursión que a muchos les podría parecer muy pobre, con apenas 60 kilómetros más. Esta vez con Las Morrillas y la posterior ascensión al Mirador de la Santa tras luchar contra el viento en la carretera que une Villamayor de Calatrava y Almodóvar del Campo. La duración de las etapas era lo de menos. Lo más importante es que volvía a montar en bicicleta y no me encontraba especialmente mal. La mejoría desde la semana anterior fue exponencial, aunque obviamente estuviera muy lejos de la forma alcanzada semanas atrás. En las circunstancias en las que estaba, ¿qué más da?, pensaba yo.

La semana anterior fue la del contacto con Miguel Ángel, la de recobrar la ilusión, la de ponerme las pilas para asumir uno de los grandes retos de mi vida como cicloturista. La ocasión lo merecía.

Desmonté mi bicicleta, ya se verá más adelante que con un pequeño percance, y la enfundé en mi famosa maleta, con la ayuda final de los amigos de Bicicletas Ruta. Muchas gracias. Como cantaba Bunbury, la cosa estaba hecha. También decía aquello de "Más alto que nosotros sólo el Cielo". En efecto, así nos íbamos a sentir Miguel Ángel y yo unos días después en una experiencia absolutamente inolvidable.



A veces, la vida es dura. También otras te sonríe. Esta vez me dio un pequeño susto. Ya digo que leyendo a Nelson Mandela no tenía nada de lo que quejarme, aunque me pudiera sentir contrariado. Semanas más tarde, era el tipo más feliz del mundo. Lo mejor estaba por llegar, a la vuelta de la esquina.


Última actualización 17/02/2015 0:11:41


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