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Brevet de Massamagrell 2014

La consagración de una de las grandes brevets

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Brevet 300 Massamagrell: la consecución de un sueño (2ª parte)

3 de Junio de 2014 en cicloturismo

Crónica de mi primera ciclomaratón de 300 kilómetros, junto a Julián Ramón y Miguel Ángel Granero. (Segunda parte).


Refrigerio más que merecido en Pedralba con Julián, Miguel Ángel y nuestro invitado de lujo desde Gátova, Aurelio. Nos lo hemos tomado con relativa calma. Por más que tuviéramos a estas alturas unos ciento cincuenta kilómetros en las piernas, tan sólo habíamos llegado a la mitad de la aventura. Para colmo, la primera parte siempre es la más sencilla, más que nada porque la inicias con las fuerzas intactas. Por delante, el tramo a Alborache por Cheste, siguiente punto de control, a su vez aprovechado para comer; entre Alborache y Villar del Arzobispo, repleto de colinas y repechos sin fin; y entre Villar del Arzobispo y Massamagrell. Para no estresarse, lo ideal es planteárselo por secciones. De lo contrario, puede uno acabar loco.

 

Hemos salido de Pedralba hacia Cheste, tomando el desvío a la derecha perfectamente indicado en cuanto se abandona el pueblo bañado por el Turia, y también por las acequias que le dan un encanto especial. Hemos tratado de dejar pasar los kilómetros con paciencia, porque lo que nos venía por delante imponía bastante respeto. No era para menos. Miguel Ángel, como una máquina perfectamente ajustada, marcando el ritmo. Yo, sin la precisión de un reloj suizo, pero todavía con más categoría que una copia oriental, he ido cooperando en la medida que mi estado de forma me lo permitía. Siempre con prudencia, dicho sea de paso, puesto que lo que restaba para llegar a Massamagrell no era pecata minuta. La presencia de Aurelio ha infundido una buena dosis de humor y conversación sin cesar, fundamentalmente con el bueno de Julián. A buen seguro, esto ha venido bien para tomar este tramo como una transición a esfuerzos posteriores, lo cual ha supuesto un importante ahorro de energías para el final de la aventura. En una tesitura como ésta, economizar es fundamental. Por una vez, los recortes aseguran el progreso. En estas circunstancias les puedo asegurar que sí (en otras, opinen ustedes mejor...).

 

Tras superar Teulada, algo bastante habitual con Rodadores, pero en esta ocasión mucho más exigente, nos hemos tomado unos kilómetros de relax, ciertamente favorables hasta Cheste, aprovechando para despedir a nuestro amigo Aurelio, siempre dispuesto a merendar paella cuando una buena etapa lo merece.

 

El tramo entre Cheste y Alborache ha sido quizás el peor de toda la ruta. Hemos continuado entre la famosa sucesión de repechos. El cansancio ha ido haciendo mella, aunque Miguel Ángel continuara con su estado de forma intratable, y en ocasiones hemos estado algo descoordinados. Lógico por otra parte. Pensaba uno que estaba bastante mejor, pero debo reconocer que en la subida a Alborache, por la carretera que atraviesa esta población, la cual me recuerda a las colinas de las clásicas belgas, ha estado a punto de aparecerme el famoso Tío del Mazo. Afortunadamente, el premio a superar esta ascensión consistía en llegar al restaurante donde íbamos a comer. Más que merecida ración de pasta con salsa a la boloñesa, aunque Julián, emulando a nuestro invitado de lujo para la ocasión, eligiera paella para tal evento.

 

 

Entre mordisco y mordisco, el whatsapp ha echado humo. Los amigos más cercanos, en los distintos grupos que tenemos, uno para los que solemos quedar fuera de la bicicleta, otro para los que estamos chiflados por los puertos, otro para... Pues bien, todos esos amigos estaban pendientes de nosotros. Puede ser pretencioso decirlo, pero es una verdad como un templo. En el fondo, Julián, Miguel Ángel y yo estábamos escribiendo una página en los veintiún años de Historia de nuestro club. Al fin y al cabo, ésta es la primera vez que un Rodador participa en un evento de esta singularidad. Nunca antes lo habíamos conseguido. Pues bien, uno de los que siempre quisieron participar, y de hecho fue uno de los pioneros con las aventuras de 200 kilómetros, es Moiso. Alguno se sorprendió cuando, al recibir un mensaje del susodicho, afirmé sin vacilaciones "Mira que he conocido buena gente en la bicicleta y tengo grandes amigos, pero el compañero con mayúsculas encima de la bicicleta es este tío. Cuesta encontrar a alguien tan legal y tan dispuesto a echarte una mano cada vez que le necesitas. ¡Tengo mucha suerte!". Más tarde, se vería que esta reflexión en voz alta no debía tomarse a la ligera. A veces, cuando uno no piensa mucho las cosas, sino que dice lo que piensa sin más, acaba pronunciando palabras que son verdades como puños.

 

Una vez concluida la comida, nos hemos esperado un rato a que acabaran nuestros compañeros de la Peña El Raíl. No había prisa en llegar al destino. Al fin y al cabo, mejor aunar fuerzas y disfrutar en compañía de esta fabulosa aventura. El terreno hasta Buñol es favorable. Miguel Ángel y yo hemos ido marcando el ritmo. Julián, mientras tanto, ha ido charlando con el amigo cicloturista con quien ya estuvo de cháchara horas atrás en el Pico del Águila. Sí, parecía que hubiera pasado un mundo desde que transitábamos por Soneja. ¡Dios mío, aún quedaba lo peor!

 

El repecho que une Buñol con Chiva se me ha atragantado un poco. Por suerte, éramos siete, y he podido ir regulando las fuerzas para mantenerme en el grupo minimizando mi entrega de acuerdo con el espíritu de unión del grupo; es decir, adecuando mi nivel de esfuerzo para no quedarme rezagado. Poco a poco he ido entrando a tono. Después de equivocarnos en Chiva, manda huevos, hemos dado marcha atrás para dirigirnos a Cheste. En cuanto hemos llegado de nuevo a esta población, ahí estaba él. Moiso, ¿quién si no? Recién salido del trabajo, antes que irse a casa, ha preferido apoyarnos, darnos el calor que necesitábamos. Esos ánimos, esos aplausos, nos han dado muchas fuerzas para seguir adelante.

 

Entre Cheste y Pedralba, el grupo de siete se ha ido desgranando. Era difícil mantenernos todos juntos en todo momento; pero al menos sabíamos que ninguno estaba solo y que todos estábamos relativamente cerca. El viento ha ido azotándonos en contra, haciendo que la empresa se convirtiera cada vez más complicada. En Pedralba, los compañeros de El Raíl se han detenido para reponer el líquido elemento. Nos hemos reagrupado, y una vez ha llegado Julián, hemos continuado la marcha. Los caprichos del dios Eolo no nos han permitido la más mínima relajación. Tanto es así, que al menos yo he llegado bastante tocado a Casinos.

 

Una vez tomada la carretera a Villar del Arzobispo, Julián ha avisado de una pequeña parada para miccionar. He sido incapaz de detenerme. Sigue tú, le he dicho, si me paro, me tengo que bajar de la bici. No me faltaba razón. En ocasiones, la máquina del cuerpo está engrasada de tal manera que puede continuar sin cesar, pero se puede romper ante la más mínima pausa. En el fondo, los humanos tenemos bastante más cosas en común con los cacharros industriales de lo que parece.

 

Y ahí, en medio de unas circunstancias realmente duras, con doscientos veinte kilómetros en las piernas, con un calor acuciante, con un viento en contra bestial, con la única ilusión de llegar a Villar del Arzobispo para arrastrarme hasta Massamagrell y conseguir la gesta, volvió a aparecer. Como un ángel caído del Cielo, pero esta vez también con una Coca Cola bien fresquita. Tres, para ser más correcto. Una para cada uno. Parece mentira, pero era justo lo que necesitaba. Moiso, otra vez más, nos mostraba su compañerismo, su generosidad, su altruísmo. A esas horas, podía estar tumbado en un sofá, descansando más que merecidamente después de la jornada laboral. Pero él sabía de sobra lo que estábamos haciendo, y lo que cuesta. Él ha estado en varias Brevets 200, en varias Quebrantahuesos, entre ellas la del aguacero, y en múltiples etapas en las que nos hemos echado una mano mutuamente. Nadie mejor que él para ayudarnos en ese preciso momento.

 

Con sus fuerzas, sus ayudas, sus ánimos, hemos llegado a Villar del Arzobispo. Penúltimo punto de control. Último sello en la estación de servicio antes de la meta en Massamagrell. Esta vez, desde luego, nos hemos sentido má que agradecidos a nuestro queridísimo Moiso. No habría sido lo mismo sin él. Ni mucho menos. Esta ciclomaratón también es suya. 

 

 

Cuando hemos reanudado la marcha, nos hemos despedido de Moiso. Él a su casa, y nosotros a Massamagrell. Esta vez, todo lo contrario. Terreno favorable, viento soplando en el cogote... hasta tal punto de alcanzar casi 70 km/h sin demasiado esfuerzo. La potencia aplicada a los pedales era en esta ocasión muy agradecida. Empero, cualquier repecho podía ser determinante. Prudencia, prudencia y más prudencia; aunque en el fondo estuviera crecido. Al final del tramo entre Llíria y Marines Nou, ya sin el beneplácito del viento y con algún que otro repecho, he empezado a notar de nuevo el bajón. Probablemente se estuvieran agotando los efectos de las barritas, geles y demás porquerías que tomamos los ciclistas para engañar al cuerpo ante semejantes palizas. Ya en los Cuarteles, con la noche cayendo, he decidido parar. Habíamos ajustado los tiempos para ello. La cuestión era aprovechar la pausa con objeto de montar las luces en la bici y comer al mismo tiempo. Lo necesitaba. Tras más de doscientos setenta kilómetros, creía haber llegado al límite. No obstante, a base de atiborrarme de barritas de efecto inmediato, geles y no sé qué más (me habría comido las piedras...) y de preparar la mente para lo que quedaba, he montado de nuevo en la bicicleta.

 

No me pregunten ustedes cómo. He hecho dos kilómetros a rueda de mis compañeros, suplicándoles que no apretaran, que había llegado al límite de la extenuación. Sin embargo, ha sido llegar al cruce del Bétera y dirigirme a Náquera pasando a la primera posición, con la excusa de marcar el ritmo para no ser descolgado y, de paso, aprovechar mi mejor iluminación. Pues bien, con el paso de los kilómetros, me he ido creciendo y, sin hacer grandes alardes, he aguantado el tipo mucho mejor de lo que esperaba. Miguel Ángel, quien iba a mi rueda, pensaba que iba mal porque movía la cabeza. No era eso precisamente... Al alcanzar a la rotonda de Náquera, para ya comenzar el terreno favorable hacia Massamagrell, he comenzado a celebrar airadamente la "victoria". No era para menos.

 

Desde Náquera, me he encontrado tan bien que he decidido tomármelo como una contrarreloj hasta el final. No a ritmo de Cancellara, ni mucho menos, pero sí algo bastante digno para las circunstancias en las que estábamos. Dicho sea de paso, poco antes de llegar a Náquera, se han unido a nuestro grupo los compañeros de El Raíl, de quienes nos hemos vuelto a separar en el polígono industrial de Massamagrell. Nosotros por allí, ellos por la carretera. Memorias que le vienen a uno de participaciones anteriores. Por una vez, he acertado.

 

Ya en Massamagrell, fiesta total. A esas horas, no nos acordábamos de cuándo habíamos salido. No éramos conscientes de haber partido de ese mismo lugar, de haber pasado por Betxí, o por Segorbe... ¡Quedaba todo tan lejos! Era algo así como haber ido de Sagunto a Barcelona, de Buñol a Madrid... ¡en bicicleta!

 

Como siempre, dos besos al Cielo, pero, por una vez, otro más. ¡Y van tres! Efusivas felicitaciones entre los tres integrantes de la expedición; palabras de mis compañeros que no olvidaré jamás en la vida. Esto ha sido grandísimo, enorme.

 

Una vez en el bar, hemos descansado como merecíamos. Hemos dado las gracias a Domingo Santos por su extraordinaria organización, así como a las mujeres que nos han ido acompañando en todo el trayecto para sellar nuestras tarjetas. Dicho sea de paso, Carol y Toni nos habían estado esperando allí. Todo un detalle, aunque fuimos algo tardones.

 

En esta vida, con esfuerzo y un poco de fortuna, los sueños se acaban cumpliendo. Quedan atrás las aventuras de Julián Espada, mi profesor, hace más de dos décadas. Eso que quedaba tan lejos, tan inalcanzable, ya está en mis manos. En parte por el, y por Manu, con quienes se fue construyendo esa ilusión. En parte por Moiso, con quien siempre soñé protagonizar esta aventura. Insisto, después de todo, es tan suya como mía. ¡Grande, Moiso! Y en parte, por Miguel Ángel Granero y Julián Ramón, dos compañeros de aúpa, capaces de no achicarse ante ningún reto. La Historia está para ser escrita, y hoy lo hemos hecho. Nada sin ninguno de los antes citados habría sido posible, y nada lo sería sin la persona que más me apoya, porque sin ella, no habría tenido el espíritu para sacar fuerzas de donde no había. Lo dicho, los sueños, sueños son; y en ocasiones, se hacen realidad.

 

 

 


Última actualización 05/06/2014 22:38:04

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