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Atracón de sueños en La Marina y La Safor

27 de Diciembre de 2013 en cicloturismo

El fin de semana del 14 de diciembre realicé dos etapas muy interesantes en La Marina (Miserat y Vall d'Ebo) y La Safor (Coll de la Safor y Montdúver). Muchos nuevos retos conseguidos en 48 horas.


El sábado 14 de diciembre amanecí temprano y viajé a Pego con mi padre. La idea era que él se entretuviera viendo pueblos y paisajes de La Marina mientras yo recorría algunos de esos parajes en bicicleta... y así lo hicimos.

 

Pego es un pueblo al que siempre había querido ir. De allí son dos buenas amigas que conocí hace muchos años, cuando veraneaba en Chelva. No tuve tiempo de avisar, porque fue todo muy precipitado. El día anterior no sabía siquiera si iba a poder acudir a Valencia... Otra vez será.

 

Fui precavido y acudí con la bicicleta de montaña. Todo un acierto. En primer lugar, afronté el Miserat, el segundo puerto más duro de la Comunidad Valenciana. Palabras mayores. Sólo superado en coeficiente por Bernia. ¡Casi nada! 8.1 kilómetros al 8.5% de pendiente media y rampas del 25%. ¿Quién da más? Dejé Pego atrás después de preguntar a un señor que muy atentamente me indicó el camino. Pasé por el calvario, ése que me indicaba lo que iba a sufrir más adelante; pero no me amendrenté por ello. La salida de Pego es espectacular, a medio camino entre un bosque encantado y los inconfundibles campos de naranjos. Siguiendo las indicaciones, me desvié hacia el Campo de Tiro y... ¡comenzaba la fiesta! Los primeros kilómetros son mortales de necesidad... al 13.1% y 11.4% respectivamente... En ese sentido, el Miserat me recuerda enormemente a Castríos, en Burgos, por su perfil escalonado, con dos auténticos muros en la parte inicial y final.

 

Una vez pasado el Campo de Tiro, tuve que llamar a Miguel Ángel para preguntarle, porque no sabía muy bien por dónde acababa el puerto. Resulta que después de acabar una rampa durísima, del 24%, se llega al límite del término municipal de Pego, y a un desvío que inicia el descenso con Adsubia. Si en lugar de tomar el descenso, se continúa, se realiza el tramo común de las ascensiones desde ambas poblaciones. Inicialmente, es bastante sencillo, si bien no se encuentra apenas habilitado para rodar con bicicleta de carretera. Demasiados baches, e incluso, en ocasiones, socavones de dimensiones nada despreciables. ¡Suerte que iba con la gordita! Sobre todo porque uno de ellos se encuentra en plena rampa del 21%. Afortunadamente, no todo el final de puerto es así. Cuando se llega a un depósito, se gira a la derecha y se asciende por una carretera hormigonada en muy buen estado repleta de curvas de herradura que bien me recordaba a La Bola del Mundo, pero en un estado mucho mejor. Lamentablemente, no pude disfrutar demasiado de las vistas, porque la niebla era cada vez más espesa. Al final, después de completar el sinuoso trayecto, llegué a las antenas que distinguen inequívocamente la cima. Allí hay también un centro de vigilancia forestal. Querría haberme hecho alguna fotografía, pero entre la niebla y la aparición estelar del perrito Coco, el cual no dudaba en amenazarme con sus ladridos mostrándome sus colmillos mientras su dueña, una mujer mayor muy agradable, me insistía en que no pasaba nada; decidí bajar sin más dilación. No tenía mucho sentido. Por lo visto, Coco, un pequeño perro que a buen seguro es entrañable cuando se le conoce, es famoso por su mala leche. Cuando se lo conté al Crack, al día siguiente, me dijo que a él le había ocurrido algo muy parecido.

 

Tras concluir el descenso, en parte interrumpido por un enorme rebaño de ovejas, nos desplazamos a Vall d'Ebo, un precioso pueblo a doce kilómetros de Pego. Desde allí volví a coger la bicicleta para realizar exactamente el mismo camino, pero a la inversa, subiendo el Alto de Ebo por ambas vertientes.

 

Desde Vall d'Ebo es algo muy llevadero, lo cual permite disfrutar de un paisaje maravilloso. Una vez se llega al puerto, el descenso permite ver el Mediterráneo, Pego, la Marjal Pego-Oliva... en un sinuoso curveo de gran belleza. El puerto en sí mismo tiene un asfalto en perfecto estado, y es mucho más humano que el Miserat. 8.6 kilómetros al 5.4% de pendiente media y rampas del 9%. Curiosamente, me crucé hasta en cuatro ocasiones con las dos mitades del equipo Astana, además de Michele Scarponi y algunos ciclistas profesionales más. Estuve a punto de decirle a Nibali que el año que viene quizás nos veríamos por la Maratona, o por alguno de los puertos de los Dolomitas... Quizás, quizás, quizás... Ya lo decían Nat King Cole, Celia Cruz o Los Panchos, entre otros... aunque esta vez cuándo, cómo y dónde está bastante claro.

 

 

 

Después de esta fabulosa ruta, aún tuve tiempo para toparme con más ciclistas profesionales, esta vez del BigMat, ya en Vall d'Ebo. Concluimos la excursión en Xàbia, el pueblo de otra buena amiga de mi etapa londinense; esta vez sin darle a los pedales. Comida, paseo por el pueblo... y a casita.

 

Por motivos obvios, hablé con el presi Chevi para solicitar cambiar el puerto del Miserat por el Alto de Ebo en la etapa reina del 31 de mayo con Rodadores, y así se decidió. Mucho mejor para todos, por ser más sencillo, quizás más bonito y, sobre todo, por contar con un asfalto muchísimo más adecuado para la bicicleta de carretera.

 

El domingo, El Crack se apuntó a la fiesta. Me recogió de buena mañana en casa, con el coche cargado de dos bicicletas, puesto que para ir juntos en condiciones más o menos homogéneas me iba a prestar una de ellas, dado que yo sólo tenía la de montaña ese día en Valencia.

 

Nos dirigimos al pueblo de Villalonga, muy cerca de Gandía. Aparcamos a las afueras, nos adecentamos y, acto seguido, montamos en nuestras bicicletas para afrontar el Coll de La Safor. Sus números engañan. 7.3 kilómetros al 6.2% indican que el puerto es respetable, sin más. Si hablamos de rampas al 21% y de una dureza concentrada en 3.5 kilómetros repartidos a lo largo de la ascensión, la cosa cambia mucho. Al igual que Castríos o el Miserat, La Safor se trata de un puerto escalonado, con alternancia de rampas muy duras y descansos. Por fortuna, éste tiene un asfalto mucho mejor, y las zonas hormigonadas son mucho más homogéneas. A medida que íbamos ascendiendo, un servidor alucinaba con los paisajes. Parece mentira que estuviéramos tan cerca del mar y tuviéramos reminiscencias tan latentes de Alpes o Pirineos, aunque a una escala menor, claro está. La sierra situada más al norte, prácticamente paralela; las nubes por debajo, en el valle; la propia montaña describiendo un pequeño circo; la climatología moderadamente adversa... Salvando las distancias me venían los recuerdos del Glandon con Pere, de Julián Ramón por encima de las nubes en el Tourmalet, o incluso de algunos paisajes de Gavarnie. Puede parecer una exageración, y en parte lo es; pero cierto es que el Coll de La Safor es uno de los puertos más bonitos de Valencia, ¡sin duda!, y tiene un carácter distinto al resto. Fascinante.

 

 

 

Una vez concluido el descenso, en el que obviamente paramos unas cuantas veces para tomar distintas fotografías, nos dirigimos a las afueras de Gandía para afrontar el que para mí era uno de los grandes retos del año. No me pregunten por qué. A lo largo del año me he demostrado que puedo con puertos extremos como Mas de la Costa, Monte Bartolo, Repetidor de Osma, Castríos, Bola del Mundo... y, sin embargo, no sé muy bien la razón; siempre me ha dado muchísimo respeto el Montdúver. Quizás por ser el puerto más duro de la provincia de Valencia. Quizás por estar a la par con el Miserat como uno de los puertos de referencia de la Comunidad. Más allá de los coeficientes, creo que es incluso más difícil. Otra vez, los números son engañosos. 14.6 kilómetros al 5.5% de pendiente media. ¡No parece tanto! Lo que ocurre es que los diez primeros, hasta La Drova, urbanización situada a los pies de la subida definitiva al Montdúver, las ascensión es relativamente sencilla, salvo en sus últimos tres kilómetros, en los que encontramos rampas del 10%, como antesala de lo que nos viene encima. Ya en La Drova, hay un pequeño descanso prácticamente llano de un kilómetro, hasta que se gira a la derecha y... ¡terror! ¡Ya estamos en el Montdúver!

 

Miguel Ángel, experto en esta subida como pocos, la cual se regala a sí mismo en cada cumpleaños, me advirtió de la crudeza, más que de la dureza, del tramo en la urbanización. Recta tremenda de un kilómetro que se planta ante los ojos cual si de un muro gigante se tratara... y yo tan diminuto. Me lo tomé con calma, hasta el punto de comenzar creyendo que El Crack era un exagerado, que yo maniobraba perfectamente ante esas circunstancias... y así lo hacía. Pero saben más los diablos y los zorros por viejos que por sus intrínsecas cualidades, y la rampa del 23% (hasta un 28% puntual) llegó como una losa. Ahí tuve que dar el resto. No iba a poder conmigo, y no pudo. Debe ser ese subidón de adrenalina el que engancha a estos puertos. Lo mejor, tener al Crack indicándome "tranquilo, que aquí tenemos un descanso al 12%". ¿Estamos locos o qué? Pero sí, tenía toda la razón; al 12% se puede descansar, aunque parezca increíble.

 

Tras los azotes de las primeras rampas, el Montdúver va alternando nuevas paredes con algún descanso muy escueto que sabe a gloria. La panorámica de la vertiente interior es alucinante. Con La Drova como referencia, uno se da cuenta de cuán dura es la subida. Llámenme exagerado, ya sé que lo soy... pero es una lucha titánica del ciclista contra sí mismo y contra los elementos y, cuando consigues superarlos, te sientes no grande, sino enorme. Nos dio tiempo a charlar desde la bicicleta con un senderista que compartía nuestra afición. Así, poco a poco, con mucha calma (ya lo decían Siniestro Total) llegué a las últimas estribaciones del Coll de les Bigues, a kilómetro y medio del final. Apenas si tenía fuerzas para avisar a una pareja de senderistas que estaban ocupando el camino. Las rampas del 21% (hasta un 25% puntual) me exigían el mayor de los esfuerzos... y yo lo daba como buenamente podía.

 

La llegada al Coll de les Bigues fue uno de los momentos más espectaculares que he vivido en bicicleta en la presente temporada, y eso es mucho decir. Centrado únicamente en avanzar, se pierde la perspectiva de lo que queda por delante. Como acaba con una pendiente tan acusada, una vez llegado al mismo pico, aparece de golpe la imagen del Mediterráneo. De golpe, sin anestesia, casi por sorpresa. Espectacular. Imagen que surge como un bendito premio al esfuerzo realizado, unida también a un descenso de apenas cien metros que conduce al último y definitivo tramo de ascensión al Montdúver. Un kilómetro y medio por encima del 13%, con rampas del 19% y constantes curvas de herradura. Miguel Ángel iba avisando a los senderistas que bajaban de mi nombre, y ellos me animaban... ¡Menudo cachondeo se montó! No quiero imaginar la sensación de David en el Marie Blanque. Aunque parezca mentira, había guardado fuerzas en la ascensión, algo habitual en mí cuando desconozco lo que tengo por delante, además de estar en unas fechas teóricamente no muy adecuadas para los esfuerzos extremos para los gurús de los entrenamientos de libro. Esta vez, me regalé un sprint final, tal como hice en la Bola del Mundo. Ya una vez en la cima, con otra perspectiva, mostré mi asombro por lo ridícula que parece la Bola de Cullera desde el Montdúver. Observamos la vista panorámica que ofrece la imagen de prácticamente toda la provincia de Valencia, incluso de Castellón. Se distinguía el vapor de las torres de refrigeración de Cofrentes, y el Desierto de las Palmas, en Benicàssim. Es como ver tu tierra desde un satélite, al que has llegado por tu cuenta y riesgo. Enorme.

 

No hubo tiempo para más. Cada uno con nuestros compromisos, debíamos volver cuanto antes a Valencia. El ciclocross en el cauce del río Turia me esperaba...

 

Gran fin de semana, en definitiva, con Miserat, Ebo, La Safor y Montdúver ya en mi colección de puertos de montaña.


Última actualización 28/12/2013 15:30:01


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