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Cuando el aire no sepa qué ocurre...

19 de Marzo de 2013 

Primera quincena de febrero: etapa a Pedralba con Rodadores, marcada por el viento; Sierra Oeste de Madrid, por la nieve; y más puertos en Puertollano y alrededores.


"Cuando el aire no sepa qué ocurre, el viento te arrastrará", cantaba Bunbury en una de las primerísimas canciones del que por aquel entonces resultó ser un bastante brillante álbum novel. "No más lágrimas" es su título. Para lágrimas, las que le cayeron a alguno del esfuerzo al que nos tuvimos que someter en una etapa teóricamente sencilla.

 

El primer sábado de febrero, teníamos programada una etapa a La Tarrosa, más allá de Bugarra. Pronto Fernando I de Burjassot y V de Alemania se escapó como quien no quiere la cosa con Dani. Yo me vi en el grupo cabecero sin querer, junto con David, antes de Bétera. Preferí guardar fuerzas y estar más arropado por el resto de compañeros. Demasiado pronto para realizar esfuerzos innecesarios, pensé.

 

Mientras Fernando y Dani progresaban, el pelotón acababa engullendo a David a la altura de la Pedralvilla. Hasta Llíria, rodamos con cierta tranquilidad. Posteriormente, ya en la carretera que une la capital del Camp de Túria con Pedralba, el viento tomó acto de presencia de manera brutal. Sin comerlo ni beberlo, nos vimos envueltos en unos azotes de aire sin control. Resultaba muy peligroso. Llegué a pasar miedo. En ocasiones, no era posible impedir un desplazamiento lateral. Esto era cada vez más acusado, sobre todo cuando pasábamos por un barranco en el que estuviéramos expuestos al viento, sin la protección de árboles, casas... Llegó un momento en que la situación era tan crítica, que decidí parar con mis compañeros de grupo y llamar por teléfono al coche escoba. Debía cambiarse el lugar de almuerzo. Haciendo locuras, podía llegar a Bugarra, era factible. Sin embargo, obligar a que todo el mundo hiciera semejante atropello podía resultar excesivo. Continuamos la marcha, y unos kilómetros más tarde, Josevi nos confirmó que había podido modificar el lugar donde tomaríamos el refrigerio. Sabia decisión.

 

Ya en Pedralba, nos juntamos todos en un almuerzo bañado por la ventisca en el patio del bar. Javi con su aspecto de vieja del visillo, con el pañuelo protegiendo su cabeza; y Fernando I zampándose un enorme bocadillo ante los ojos desencajados de David, fueron los protagonistas.

 

La vuelta a Valencia fue de lo más llevadera. El viento soplaba a favor, y era muy sencillo rodar. Tanto, que en algún repecho llegué a alcanzar 60 km/h. Coser y cantar.

 

Entre semana, hubo varias etapas por las distintas vertientes del puerto de Mestanza, cerca de Puertollano. Como siempre en estos casos, a modo de paseo, disfrutando del paisaje que proporciona el balcón del Valle de Alcudia, sobre todo en el tramo entre el puerto e Hinojosas de Calatrava.

 

El 9 de febrero viví una de las etapas más espectaculares de esta temporada. Desde El Escorial, partí hacia Valdemorillo, para desviarme a la Cruz Verde por Zarzalejo. Conocí esta ascensión en 2005, cuando residía en Madrid. No es de los más conocidos de esta zona, porque siempre se ve eclipsado por otros colosos de la Sierra de Guadarrama. No obstante, es ideal para esta época del año y ofrece la posibilidad de divisar unos parajes fabulosos, desde la Sierra Oeste de Madrid hasta los grandes edificios de la capital en la lejanía.

 

Por primera vez, ya en la cima de la Cruz Verde, me desvié en dirección a Ávila. De este modo, coroné el puerto de La Paradilla, prolongación de la cumbre antes citada. Este último tramo estaba plagado de nieve a ambos lados de la carretera. La visión de la vertiente de la Cruz Verde hacia El Escorial proporcionaba más nieve a raudales. Para completar el espectáculo, Abantos y el Monasterio de El Escorial servían de colofón de auténtico lujo.

 

 

Desde allí, continué el descenso camino de tierras castellanoleonesas. Llegado un cruce, me detuve y le pregunté a un cicloturista que circulaba en bicicleta de montaña. Seguí sus consejos, y me desvié a Santa María de la Alameda. Entre unas cosas y otras, acabé en Peguerinos, pequeño pueblo ya en la provincia de Ávila, tras una larga ascensión nada desdeñable. Peguerinos estaba repleto de nieve, regalando postales absolutamente fabulosas para el visitante.

 

 

 

Desde allí, mi intención era dirigirme a El Escorial por Abantos, pero la carretera estaba completamente nevada, por lo que fue imposible. De este modo, tuve que volver a Santa María de la Alameda, para subir a Robredondo, otra pequeña joya de la Sierra Oeste de Madrid, y bajar más tarde a La Paradilla. Finalmente, la etapa concluyó no sin antes desviarme a propósito a San Lorenzo de El Escorial. En esta ocasión, bajé por el pavé camino del coche. Casi es más cómodo realizar este tramo en subida.

 

 

 

Después de todo, fue una jornada inolvidable, descubriendo puertos desconocidos para mí hasta entonces en una zona de la Sierra no tan explorada y por ello muy exótica para los menos expertos.

 

Al día siguiente, visité la Dehesa de la Villa. En esta ocasión no realicé mi circuito habitual, sino que me centré en completar cuatro ascensiones a esta colina, bajo una incesante lluvia que no impedía del todo la práctica de este deporte.

 

Ya entre semana, era el momento de preparar otra etapa mítica que me llevaría días más tardes a Sierra Madrona. En esta ocasión, el aperitivo principal fue la ascensión al Mirador de la Santa, en Almodóvar del Campo.

 

De este modo, iba realizando el entrenamiento previo a las dos primeras grandes citas del año, ya en 2013, en las brevets de Puertollano y Massamagrell. 

 

 

 

 


Última actualización 21/03/2013 1:55:57


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