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... Y Benicalap conquistó Teruel

9 de Enero de 2013 /1 Comentarios/en cicloturismo

Crónica del Stage de Aliaga, en la provincia de Teruel, con un recorrido que servía de homenaje a la Marcha Los Degollaos.


No han sido pocas las veces que he expresado en este blog mi enorme cariño por la Marcha Cicloturista Los Degollaos. Siempre fue mi favorita, por diversos motivos. Para empezar, su recorrido resultaba ser simplemente maravilloso. Por otra parte, el trato personal de sus organizadores, especialmente el de José María Roqueta, era, y sigue siendo, exquisito. Santo y seña del amor a este deporte y de dedicación desinteresada al mundo de las dos ruedas.

 

Esta marcha se dejó de celebrar hace poco. Sin embargo, no debemos ni podemos olvidarla. Es uno de los mejores ejemplos de cómo siempre hubo que hacer las cosas. Todos tenemos mucho que aprender de ella.

 

Así, este año nos decidimos a darle un pequeño homenaje. Sería la octava ocasión en la que hacía este recorrido, en sus distintas variantes. En 2003, con Jorge Córdoba. En 2004, 2005, 2006, 2007, 2008 y 2010, en la marcha cicloturista propiamente dicha; el último año con Diego. En 2012, me iban a acompañar muchos y muy buenos Rodadores (por orden alfabético): Alejandro, Carol, Chevi, Miguel Ángel, Pau y Toni. Además, Antonio, el padre de Toni, tuvo la gentileza de acudir al viaje, con el propósito de echarnos una mano como coche de apoyo. Todo un detalle.

 

El viaje desde Puertollano fue largo y tedioso, pero mereció la pena. Era mi cumpleaños, y no paraba de recibir llamadas. Unas, para felicitarme. Otras, para cualquier cosa. Y muchas, para ver dónde estaba, si iba a llegar a cenar... Perdónenme los aludidos, pero estuve por quemar el móvil.

 

A última hora, Fernando I no pudo venir. Gajes del oficio, nunca mejor dicho.

 

Tras una parada en un conocido restaurante de Ademuz, donde aproveché para cenar, llegué al fin a medianoche a Aliaga, un pequeño pueblo turolense desde el que realizaríamos la ruta al día siguiente.

 

A continuación, ocurrió una de las anécdotas del año. Parte de la expedición estaba alojada en una casa rural propiamente dicha. Carol, Chevi y yo, por motivos de espacio, nos fuimos a un piso que nos ofrecían de alquiler. De repente, a media noche, algo extraño ocurrió. Una luz encendida, en una habitación cerrada... Acto seguido, la luz se apagó, pero no se escuchó ni un solo ruido. ¿Hay alguien ahí? Todo era posible, pero nadie saludaba. Nadie contestaba. Chevi entró en un estado de ansiedad rayano en la paranoia, el cual alcanzó límites insospechados cuando, desde mi habitación, comprobamos que también había variado la posición de la persiana. Ahora estaba bajada. No voy a exponer la serie de improperios, ni el desaguisado que montó Chevi, fuera de sí. Sólo diré que la puerta salió aporreada, y me habría dado miedo estar dentro de esa habitación. Logramos tranquilizarnos, y dormir, pese al pequeño enigma que teníamos montado. ¿Llamaríamos a Iker Jiménez?

 

Al día siguiente, escuchamos el sonido de la puerta en la casa, poco después de abrir los ojos. Nos acabábamos de despertar, y alguien había abandonado nuestro hogar... El misterio se resolvería horas más tarde, si bien ya lo entendimos en cuestión de minutos. Normalmente, lo esotérico resulta muy impactante, pero suele ser un fiasco. En este caso, todo era más que plausible y, tristemente, un tanto vergonzante. Pronto comprendimos, ya en la casa rural, que la joven que nos servía nuestras tostadas en el desayuno era el mismo ser extraño que nos había hecho plantearnos horas si estábamos en una casa encantada.

 

 

 

Tras el curioso desayuno, salimos prestos y dispuestos a disfrutar una maravillosa jornada de ciclismo. Comenzamos dirigiéndonos al puerto de Majalinos, pasando por el impactante paisaje de las formaciones geológicas de Aliaga.

 

Apena comprobar cómo un devastador incendio pudo destruir buena parte de la naturaleza de la que podía presumir esta montaña. A pesar de todo, gratos recuerdos venían a mi memoria, aunque algunos de ellos resultaran no demasiado placenteros. Majalinos fue habitualmente el último puerto de la marcha, y presenció alguna que otra pájara de aúpa, protagonizada por quien os escribe. Es engañoso hablar de doce kilómetros al 3.7%. La pendiente media disminuye a causa de un tramo intermedio favorable. En cualquier caso, al ser el primero de los puertos, y rodar a ritmo de amigos, hablando los unos con los otros, en esta ocasión disfruté como nunca y dejé apartada la épica en beneficio de las buenas costumbres.

 

 

 

Siempre escoltados por Antonio Castro, iniciamos el descenso hacia Ejulve, una pequeña población desde la que nos dirigimos hacia el puerto de Cuarto Pelado. Desde allí hasta el puerto hay nada menos que cincuenta kilómetros. Entre medias, encontramos Los Degollaos, un collado que permite tener unos pocos minutos de respiro a modo de descenso. No obstante, el estado de la carretera, fácilmente atribuible a la definición de Perico de "botosa", ofrece al cocloturista la extraña sensación de estar ante un puerto de dimensiones extraordinarias y longitudes inverosímiles.

 

Aquí pasamos parte de los momentos más divertidos del año. Amago de pájara de Alejandro aparte, nos quedamos por detrás Chevi, Alejandro, Carol y yo, manteniendo todo ese tipo de conversaciones que jamás se pueden transcribir. Necesitaba desconectar del mundo, y este pasaje resultó ideal para conseguirlo. Los Órganos de Montoro pueden atestiguarlo.

 

 

Alejandro no hacía más que preguntar por el final del puerto... y yo me limitaba a mentirle. Afortunadamente, nuestro intrépido taxista rockero fue más fuerte que sus miedos, y sus piernas vencieron las dudas de sus pensamientos. ¡Habíamos llegado!

 

 

La vertiente este de Cuarto Pelado, hacia Fortanete, no tiene nada que ver con la que subimos. Más corta, con más desnivel, y con una carretera que presenta un piso exquisito. Ideal para lanzarse en un descenso vertiginoso, si bien siempre hay que tener especial cuidado con los cambios del viento en las curvas.

 

Tras un copioso almuerzo en Fortanete, en la terraza de un pequeño bar cuya camarera debió acabar hasta las narices de nosotros, a causa de nuestra constante indecisión; nos apresuramos a ascender el puerto de Villarroya. No quiero dejarme en el tintero a una gata embarazada que, pese a su estado de buena esperanza, era capaz de sortear los recovecos que dibujaban nuestras bicicletas apiladas en la fachada.

 

Si la Pascua vive la Resurrección de Cristo, en el Stage de Teruel celebramos la de Alejandro. No sé qué tenía su almuerzo, pero en la vida le había visto subir tan bien. Parecía que nos lo hubieran cambiado en la comida. Ascendió a la cumbre de Villarroya como los mismísimos ángeles. Entre tanta cita religiosa, no quiero dejar de nombrar que uno de los mayores aprendizajes de esta etapa consistió en que uno de los más míticos actores de cine erótico es paisano de uno de los integrantes de la aventura, quien no dudaba en reclamar una estatua en medio de su pueblo, obviamente dedicada al susodicho.

 

Anduvimos con el mismo espíritu en el último tramo. Alguno no conocía el increíble repecho que hay poco después de pasar Miravete de la Sierra, pese a mis advertencias. Nos acabó de rematar.

 

Disfruté muchísimo en esta ruta y, dicho sea de paso, llegué mucho más entero que en otras ocasiones, dado que en las marchas cicloturistas acabas exigiéndote mucho más. No pude ocultar mi satisfacción por acabar la etapa con Carol, quien demostró que a base de motorcito diesel es capaz de cualquier aventura que se le precie; y de Alejandro, que al fin completó una de esas etapas míticas que bien merecía tener en su haber. Obviamente, también con el resto de integrantes de la expedición, quienes, bien en los Alpes, en los Pirineos, o en la Sierra de Guadarrama, ya se habían doctorado en el fabuloso mundo de las gestas cicloturistas.

 

Cuando acabó la etapa, quizás la más exigente de la historia de la peña, nos tomamos nuestro merecido refrigerio, junto al resto de compañeras de expedición. Ahí fue cuando descubrí que la pobre camarera pensaba que yo había sido el paranoico de la noche anterior. Chevi, como diría Borja Pérez (personaje de "¡Qué vida más triste!") "el muy", no acababa de vocalizar, y medio balbuceaba cuando ella estaba cerca, de manera que su voz fuera irreconocible. Dado que no tenía mayor importancia, y no será éste el único lugar del mundo en que mi reputación pueda estar por los suelos, decidí no descubrir la verdad del asunto. Más divertido.

 

Por la tarde visitamos Miravete de la Sierra, uno de esos pequeños pueblos con grandísimo encanto. Acabamos cenando en Aliaga, y disfrutando de una añeja noche de fiestas, que bien me recordó a aquella pintoresca y costumbrista canción de Gabinete Caligari "Al calor del amor en un bar" y al vídeo de similares cualidades de Radio Futura, "Corazón de tiza".

 

Al día siguiente, yo me fui a ver el final de la Vuelta a Madrid. Dejé al resto de la expedición en el museo de la minería de Escucha, en el que por lo visto se lo pasaron en grande.

 

Al igual que el Stage de Rascafría en 2011, éste fue todo un éxito. Lo pasamos en grande, y no únicamente a lo largo de una etapa de ensueño, sino también en el resto del fin de semana, en el que hubo muy buen ambiente entre todos. Una buenísima manera de entender el ciclismo y, sobre todo, de disfrutar la vida. ¡Gracias, compañeros! En 2013, más y mejor. 


Última actualización 11/01/2013 1:26:49

Chevi - Jose Vicente García Moreno 10/01/2013 18:21:56

jajajajajja!! Se masca la tragedia en éste a golpe de pedal dedicado a Teruel!! Qué fin de semana, vaya fiesta llevábamos encima!!


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