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... Y Benicalap conquistó Madrid (1ª parte)

15 de Septiembre de 2011 /1 Comentarios/en cicloturismo

Crónica del stage de Rodadores en la Sierra de Madrid, con ascensiones a Cotos, Navacerrada (7 revueltas) y La Morcuera; además de visita a Segovia, Madrid y al final de la Vuelta a España.


Finalmente fuimos once expedicionarios: Julián, Manolo y José Manuel; Sandra y Chevi; Ana y Dani; Irene y Diego; Marta y yo. A última hora se cayó de la convocatoria el bueno de Andrés, a quien echamos de menos, sobre todo en la parte lúdica del asunto. También vinieron Paco y Esther a la segunda parte del sábado, acompañándonos en la comida de Rascafría, y en la visita nocturna a Segovia.

 

Mientras algunos visitaban la capital, otros levantábamos España. Marta y yo llegamos tarde a Rascafría, a eso de las diez de la noche. Por la tarde, Chevi, Julián, Manolo y José Manuel habían ascendido La Morcuera por la vertiente más benigna, desde Rascafría. No obstante, no deja de ser un puerto de entidad, largo y constante.

 

 

 

Recién llegados, Diego y Chevi nos estaban esperando en la carretera para indicarnos dónde teníamos reservada la cena. El bueno del mayor de los Schleck nos había guardado un aparcamiento con el mal posicionamiento de su coche. Estaba a la otra punta del pueblo, y como no se podía subir al mío, al tener los asientos abatidos, tuvo a bien recorrer la carretera corriendo con las manos en los bolsillos, para que no se le cayeran las llaves, el monedero y demás utensilios... ante el descojone de los viandantes y de un servidor. Claro, ni Marta ni yo conocíamos la razón por la que llevaba las manos ahí, y ver un tío tan grande corriendo en chanclas por la calle de esa manera, dejó a medio pueblo en estado de shock.

 

La cena en el JJ fue la típica de raciones para charlar un rato y llenar el buche de cara al día siguiente. Alguno se sorprendió de mi afición por los judiones... y es que un buen gourmet debe apreciar las delicatessens de cada zona. Ese plato, junto a la sopa castellana, hicieron las delicias de quien os escribe, ante el entusiasmo de la afición, siempre contenta de ver qué bien come el chico.

 

La casa rural fue un gran acierto. Aparte del buen trato recibido, las habitaciones eran realmente confortables. Desde luego, el año que volvamos a hacer el stage en Madrid, contactaremos con la misma gente, porque ha valido la pena.

 

 

 

 

El sábado por la mañana hicimos la etapa mítica que tanto esperábamos. Las ausencias a última hora de Andrés, David y Paco Martínez propiciaron que fuéramos bastante menos prudentes de lo que debiéramos, y asumimos que estábamos en forma para afrontar también el puerto de Navacerrada por las Siete Revueltas, en lugar de esperar a Miraflores de la Sierra para decidir si subíamos o no Canencia.

 

Algunos desayunamos en nuestras habitaciones. Otros, prefirieron degustar los churros del mítico Bar Porfirio. Eran las 08:30, y comenzaba nuestra andadura por la Sierra de Guadarrama. Dejábamos el adoquinado de Rascafría, el Monasterio del Paular, las Presillas... para iniciar la primera ascensión de la jornada: el puerto de Cotos.

 

Personalmente, este coloso es uno de mis favoritos. Sus rampas no son excesivas, pero su longitud le aporta una cierta dureza, acompañada de la belleza de los paisajes, rodando habitualmente a la sombra de pinos y robles.

 

Algunos vivieron en sus carnes el miedo de ver cómo una vaca te mira fijamente... más si cabe cuando un gracioso amiguete les grita "¡toooooroooo!" cuando ya ha pasado. Las malas lenguas dicen que el proceso de gastroenteritis de Julián comenzó justo cuando una vaca negra de cuernos afilados le dirigió su mirada.

 

Hicimos la ascensión en grupo, disfrutando del entorno, de las vacas, y de los comentarios jocosos de un Dani que se está encumbrando como un personaje mítico donde los haya. En aquellos momentos, no sobraba el abrigo... todavía se padecían las bajas temperaturas, aunque moderadas, de la Sierra.

 

 

 

 

 

 

La etapa continuó en dirección a Navacerrada, en una llanura de 7 kilómetros a más de 1800 metros de altitud. Juntos cometimos la pequeña locura de descender en dirección a Segovia, para volver de nuevo al mismo punto, afrontando la subida al puerto por las míticas Siete Revueltas.

 

Cada uno puso su ritmo hasta la cima. En mi caso, hice de gregario de un Julián perjudicado por la salud, pero que demostró tener muchísima clase y tablas a la hora de montar en bicicleta. Cualquiera en su estado habría abandonado, pero tuvo el valor y la sabiduría suficientes como para seguir adelante. Poco a poco se fue recuperando, llegando a hacer una parte final de la etapa realmente buena. ¡De chapeau!

 

 

 

Tras este segundo coloso, paramos a hacernos las fotos de rigor, cortesía de otro cicloturista anónimo, y nos lanzamos en el descenso, esta vez hacia Madrid. Tomamos la carretera de Colmenar Viejo, para desviarnos más tarde hacia Manzanares El Real, una localidad preciosa, con su castillo y el Embalse de Santillana como protagonistas de una postal de ensueño. Dicho sea de paso, el ritmo que mantuvimos en esta zona era de infarto, parecía que nos fueran a pagar por ganar alguna meta volante... ¡y aún quedaba La Morcuera!

 

 

 

 

 

 

Que la camarera pareciera hermana de Pilar Rubio no dejaba de ser un aliciente, aunque mostramos nuestra profesionalidad tomando la salida de nuevo hacia La Morcuera en cuanto acabamos de engullir el ansiado almuerzo.

 

Así pues, tomamos la carretera hacia Soto El Real, esta vez de una manera mucho más prudente, ya que las piernas comenzaban a acusar el cansancio. Alguno habría querido seguir recto hacia la primera casa de Gran Hermano, en Guadalix de la Sierra pero, pese a haber entre nosotros freakies mucho más interesantes que la chusma de la tele, creímos conveniente seguir nuestra ruta, en dirección a Miraflores de la Sierra.

 

Aquí empezó el show de Dani, quien no dejó de maldecir cada uno de los repechos que ascendía, cada pedalada que daba, cada pieza de su sufrida bicicleta... ante el regocijo de un público entregado a su causa. Más de uno perdimos las fuerzas a base de carcajadas de nuestro gruñón favorito. En el fondo pensábamos que si tenía fuerzas para quejarse era porque, al fin y al cabo, todavía le quedaban.

 

En esos momentos, el calor era bastante acuciante, por lo que decidimos parar a por refrigerio en una gasolinera en Miraflores. Julián estaba plenamente recuperado para la causa, aunque tuviera que seguir echando una buena dosis de testiculina para combatir los dolores estomacales. El resto, habíamos ido un tanto a menos, aunque todavía teníamos fuerzas para afrontar la última ascensión. José Manuel, dicho sea de paso, iba sobrado, como siempre.

 

Tratamos de subir relativamente agrupados. Julián hizo una subida excelente, en compañía de Manolo (un fenómeno, como siempre) y un Chevi que ya no estaba para las exhibiciones iniciales. Yo estuve un rato largo haciendo de gregario (¿de lujo?) a Diego, que acusaba ciertos dolores de espalda, y Dani seguía a lo suyo, con su show... José Manuel, por su parte, ascendía con suma facilidad e iba echándonos una mano a unos y a otros.

 

Afortunadamente... ¡al fin llegó la cima! Es la vez que más dura se me ha hecho La Morcuera, probablemente porque siempre suele ser el primer puerto en las etapas que suelo hacer por la zona. En cualquier caso, lo que quedaba era coser y cantar. ¡Lo habíamos conseguido! Las circunstancias habían propiciado que fuera posible completar un etapón (2300 metros de desnivel en 107 kms), probablemente (marchas cicloturistas aparte) sea la ruta más exigente que se haya hecho nunca con la peña. Sí, señores, escriban con letras de oro los nombres de quienes acudieron a la etapa, porque demostraron fuerza, valor, inteligencia y... sobre todo, destilaron compañerismo.

 

 

 

 

 

 

 

Tras el descenso y la consiguente ducha rápida en la casa rural, llegamos a las tantas al restaurante, donde nos esperaban nuestras sufridas compañeras, además de Paco y Esther. La comida fue simplemente espectacular.

 

Previamente, es justo recordar que nuestras chicas estuvieron visitando el Monasterio del Paular. Como siempre, mucho más listas que nosotros, disfrutando sin acabar exhaustas.

 

Más tarde, tras una pequeña siesta, visitamos Segovia, su acueducto, su casco antiguo, su alcázar... y su gastronomía, dicho sea de paso; completando de este modo un día realmente memorable.

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Última actualización 16/09/2011 0:25:55

Chevi - Jose Vicente García Moreno 20/09/2011 19:40:53

Que gran fin de semana Vicente. La peña tiene mucho que agradecerte. Para mi la etapa es inolvidable, una pasada aunque acabara maldiciendo todo lo que conocía. Un lujo la compañía.


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