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Valle de Ayora - Cofrentes; una marcha cicloturista para enmarcar (1ª parte)

10 - Mayo - 2010 en cicloturismo

La Marcha Cicloturista Valle de Ayora - Cofrentes se ha consolidado por méritos propios como la mejor de Valencia. Perfecta organización, recorrido espectacular, paisajes memorables... Allí estuvimos Pedro, Moiso y un servidor.


Las cosas se ven distintas desde la perspectiva del tiempo. Seguramente no os escribiría tan optimista si hubiera cogido el teclado a mitad de recorrido. Pero, una vez acabada la prueba, uno no puede hacer otra cosa que estar exultante por la aventura vivida.

 

En primer lugar, quiero decir que, con total seguridad, la Marcha de Valle de Ayora - Cofrentes es la mejor que he hecho jamás en la Comunidad Valenciana. La organización es perfecta: no hay problemas para aparcar en el polideportivo junto a la salida; la atención de los voluntarios en los cruces de las carreteras y en los lugares más peligrosos del recorrido es exquisita; el recorrido es suficientemente duro como para acabar orgulloso de completarlo (153 kms con 2400 m de desnivel; una especie de "Degollaos" con unos diez kilómetros más) pero tampoco es una salvajada; los parajes naturales del Valle de Ayora - Cofrentes son realmente bellos; se circula por carreteras apenas transitadas, estrechas y con un aroma especial de ciclismo épico; y el ambiente al final de la marcha es muy bueno.

 

Durante la semana, poco hay que comentar, más que los enésimos mejores tiempos en algunos circuitos del rodillo y la mínima exposición a los alergenos, encerrándome en casa. El jueves fuimos a Valencia por la tarde aprovechando la fiesta local de Puertollano. El viernes, no había otra cosa más que estar de relax y quedar con Pedro y Moiso. Fue una sorpresa ver que Moiso también se había apuntado finalmente. El colmo de los colmos fue que, el último día se dio cuenta que la nueva cadena no le funcionaba bien. Tuvo que andar por la tarde de un lado para otro buscando una reparación adecuada, y al final acabó en el Decathlon (cortesía de Eloy) con un juego de piñones que sólo llegaban a un 23...

 

Quedamos a las cinco y media del sábado. ¡Vaya paliza levantarse tan pronto! La noche del viernes estuve hablando con mi buen amigo Óscar, el testigo de mi boda... decía que admiraba mi fuerza de voluntad. Sí, desde luego que la fuerza de voluntad es admirable (a veces pienso que Marta es mucho más inteligente levantándose tarde y tirándose en la playa), pero le transmití que ésa era la única fuerza que tenía que envidiar...

 

Llegamos poco más tarde de las siete. Un poco de desayuno (yo ya había picado algo en Valencia), y a la salida. Había gente conocida (los de Lo Rat Penat, Juan Carlos y otros ciclistas con los que al final acabas coincidiendo, como un buen hombre que había aparcado al lado mío en la Pedro Delgado del año pasado). Me perdonaréis los "rodadores", pero en esta ocasión, dado que era la fecha en la que se debería haber celebrado mi querida Marcha Los Degollaos, salí con su equipación, como un humilde homenaje a la aventura cicloturista que más aprecio.

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuimos a la línea de salida algo justos, por lo que salimos en las últimas posiciones. La consigna era hacer la marcha juntos. Al principio había unos diez kilómetros con tendencia ascendente, por lo que quedamos en reagruparnos al final de ese tramo. Recuerdo que, en cuanto salimos de Ayora, había un pequeño repecho, y Moiso se lanzó a adelantar posiciones con una facilidad pasmosa. Ahí vi que yo no iba bien. Mi corazón latía anormalmente acelerado. Seguramente fuera por estar algo enfermo, esta época de alergias es así para mí. No es ninguna excusa, simplemente tengo que convivir con ello. Estar en plena salida a 175 ppm era una temeridad. Tratar de seguir el ritmo de Moiso y Pedro y disparar más si cabe la frecuencia de mis latidos habría sido una barbaridad. Así que decidí forzar lo justo y necesario, teniendo en cuenta lo larga que era la prueba y la dureza que recordaba a los últimos kilómetros del ya emblemático Caroche.

 

Al concluir la primera zona de repechos, Moiso y Pedro no aparecían entre la multitud de grupos en que se había disgregado la marcha. Yo eché mano de experiencia, y me dediqué a encontrar un grupo adecuado a mis condiciones físicas, y aguantar. Aproveché el tramo favorable para ir a rueda y recuperar adecuadamente.

 

Hubo unos kilómetros en los que anduve un tanto confundido, tratando de confirmar algo que podía ser una simple conjetura. Resulta que antes de venirme a Puertollano, estuve en una empresa de Valencia cuyo recuerdo no es precisamente el más agradable. Eran unos chorizos dispuestos a chupar la sangre de una pandilla de jóvenes titulados ávidos de experiencia profesional. Una de sus grandes virtudes consistía en hacerte firmar el contrato con una cláusula que te hacía devolver algo más de 1000 euros si dejabas la empresa en menos de un año. Por supuesto, en la entrevista no advertían en absoluto este detalle y, cuando te acababas enterando, no podías hacer otra cosa que pasar por el aro, ya que habías dejado la empresa anterior y te quedarías con una mano delante y otra detrás. Pues bien, resulta que acabé estando en el mismo grupo que el elemento que me hizo la entrevista y días después pasó a ser mi jefe, que iba protegiendo en todo momento a la que creo que era su mujer (no recuerdo bien), la cual también trabajaba en la misma empresa. Dadas las circunstancias, decidí que no les iba a dar un mísero relevo. Si me lo hubieran pedido, creo que les habría respondido con un "no" tajante, acompañado de algún comentario de "antes dame mis mil euros...". Y dejo puntos suspensivos a propósito, ya me entendéis. Realmente, tendrían que hacerme de gregarios en muchas más marchas para "devolver" esos mil euros, pero bueno, algo me he cobrado años después...

 

Y así fui transitando en la marcha, por los maravillosos parajes de Casas del Río. La belleza paisajística de la zona es tremenda. Totalmente recomendable para pasear, bien sea en bicicleta o a pie. Y pasado el famoso pueblo de la noria, llegaba el primer puerto. ¡Vaya puerto! Mis sensaciones subiendo no eran nada del otro mundo, aunque tampoco iba especialmente mal. La decisión estaba tomada kilómetros atrás. Regular, regular, regular... y así lo hice. La ascensión es de 8 kms al 4.2%, lo cual resulta algo engañoso, teniendo en cuenta que a mitad hay un kilómetro de descenso. Simplificando, hay un primer kilómetro al 3%, tres al 6-7%, uno de descenso, y tres al 4-5%. Afortunadamente, había visto el perfil antes de salir, y regulé a la perfección. La táctica psicológica era clara: pensar en cada tramo del recorrido asociándolo a algo que hubiera entrenado ya este año; y olvidarme de todo lo que quedaba después. En este caso, se podía asimilar a subir dos veces el puerto de Mestanza, con un descanso a mitad. Recuerdo que, cuando ya sólo quedaba un kilómetro, me vino a la cabeza que esa distancia al 4% era más o menos equivalente a subir la Dehesa de la Villa en Madrid, y eso lo hago con la gorra... Estas comparativas fueron constantes a lo largo del recorrido y, la verdad es que fueron realmente útiles. Por lo menos eran algo más "técnicas" que la ayuda psicológica de la Brevet de Massamagrell, en la que me pasé tarareando la mitad del recorrido "Stayin' Alive" de los Bee Gees, para recordarme que me tenía que mantener vivo en la aventura.

 

Al llegar a la cima, una breve parada en el avituallamiento y... ¡a la marcha! Hubo unos kilómetros de falso llano, antes de acometer el descenso a la Chirrichana, camino de Cofrentes, por la carretera en la que también se transitaba antaño en la Ruta de los Vinos de Requena.

 

Por lo que pude saber algo más tarde (no tanto como esperaba...), Pedro y Moiso me habían estado esperando en la cima un rato. Por lo visto, se quedaron tan fríos que decidieron seguir adelante. Normal. Yo, al no verles tras el primer repecho, había decidido ya bastantes kilómetros atrás que no iba a perder la cabeza por seguir a nadie. Suponía que hasta el final de la marcha no les iba a ver.

 

Al llegar a Cofrentes, repecho de entrada al pueblo inclusive, era cuestión de reservar hasta el siguiente puerto, que iba a comenzar poco después, en la localidad de Jalance. La subida al Morajete suponía un auténtico reto. Algo parecido a la mítica ocasión en que la Chirrichana se ascendía en la Ruta de los Vinos, creo recordar que de 2004, por una vertiente en la que acabamos todos absolutamente reventados (Manolo, Moiso, Jesús, Josevi...). Creo que mi imagen tirado en el suelo de la cima de ese puerto es una de las más recordadas. En esta ocasión, el Morajete es un puerto de unos 10 kms al 4.4%. Resumiendo, un primer kilómetro al 4%, los dos siguientes muy duros (8.3% y 9.3% respectivamente), cuatro más al 4-5%, un par de kilómetros de falso llano, y el último al 4% de nuevo. La cima estaba en el km 105 aproximadamente.

 

Las triquiñuelas psicológicas para acabar fueron de lo más originales. Empecé a pensar en que el tramo a partir del Caroche no contaba, porque era favorable y ya se haría de cualquier manera. Como estaba en el km 135, a partir del km 90 empecé a pensar que en realidad no quedaba nada que superara la dureza de dar la vuelta de Puertollano-Brazatortas-Hinojosas-Puertollano. Y eso lo suelo hacer bien. El Morajete, lo asimilé a los Rehoyos. El Caroche, a simple exhibición de testiculina si se daba el caso.

 

Como no sabía nada de Moiso ni de Pedro, seguí con tranquilidad, con el único objetivo de acabar, a mi aire. Para colmo, me había dejado el móvil en Valencia... Con todas los engaños mentales que me autoinculqué, acabé subiendo el Morajete. La verdad es que llevar el Compact ayuda muchísimo para hacer estas cosas aunque estés limitado por la salud. Mientras no estés rematadamente mal (esta semana estoy algo peor, ya veremos este sábado...), con tranquilidad y un 34*27 (corresponde a avanzar tan sólo 2.67 metros por pedalada), las rampas se hacen relativamente asequibles.

 

Por desgracia, el avituallamiento no estaba en la cima del Morajete, sino abajo en Jarafuel, así que la táctica de racanear en la subida para engancharme en el descanso no salió esta vez, hasta llegar al mismo (un poco antes del pueblo). Volví a unirme a un grupo, tras beber el enésimo vaso de Coca Cola y algo de agua. Uno acaba hasta las narices de las bebidas isotónicas en las marchas... Cuando salí, llevaba las piernas algo desgastadas, y la vejiga exageradamente impaciente. Por un momento pensé "¿pero qué demonios estás haciendo? ¿vas a aguantar sin mear cuarenta kilómetros? ¿no te vas a parar a comer un rato? ¿estás idiota?". Y sí, por una vez, fui algo inteligente, y es lo mejor que pude hacer. Paré en plena nacional, a riesgo de cambiarle la vida a alguna jovencita ingenua que me viera desde el coche. Me tomé la mítica tarta de manzana (nada como ese alimento me ha revivido en una pájara como en la Brevet de Puertollano de 2008) y volví a hacer camino. Fue el gran acierto. A partir de ese momento, no es que fuera pletórico, pero controlaba perfectamente lo que hacía, no iba nada apajarado, y estaba convencido de poder llegar sin problemas. Sólo era cuestión de tiempo.

 

Me lo planteé como un mero entrenamiento para la QBH. Y así circulé, con bastante cadencia, por la carretera que llevaba a pie de puerto del Carcoche, la última dificultad del día. La carretera desde Jarafuel es realmente bonita. Estrecha, con repechos y un terreno bastante quebrado. La organización seguía siendo perfecta. No faltaba nadie indicando las curvas peligrosas. Incluso los caminos forestales que accedían a nuestra carretera estaban balizados. Son detalles que hacen que acabes el día pensando que el dinero que habías pagado estaba perfectamente invertido. Además, no lo había dicho antes, nos regalaron unos manguitos y unos calcetines de la marcha, así como una camiseta y un pañuelo de estos que se pone Manolo a lo Pantani. A mí, el pañuelo me da más aspecto de labriego que de ciclista de alta competición, pero no deja de ser un buen regalo.

 


Última actualización 12/05/2010 22:23:05


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