Cuarta participación en la Pedro Delgado y... ¿para qué negarlo?... un desastre. Tal vez sean demasiados esfuerzos este año. Mi cuerpo no pudo más...
En Lozoya paré, como lo hace todo el mundo, a cargar agua en una fuente. Estaba tan reventado que me llenó el bidón un chaval. Tendría doce años, y se notaba que le gustaba la bici. Estaba allí para ayudarnos, nos daba el agua, nos describía el puerto, y nos animaba para que siguiéramos hasta el final. Además tenía una mountain bike aparcada al lado de la fuente. Seguro que este chico acaba haciendo esta marcha y alguna que otra dentro de unos años.
Y ahí llegó el horror. Tenía la esperanza de andar recuperando tiempo, porque el año pasado, por los dichosos problemas gastrointestinales, lo había pasado fatal. Este año, idem de idem, y sin excusa aparente. Aquí fue donde mi cuerpo dijo que ya había hecho suficiente esfuerzo por esta temporada. En esas condiciones, ascender 11.6 kms al 5.5%, con alguno que otro por encima del 7%, no es lo más deseable. Fue un auténtico via crucis. El tiempo no pasaba. No tenía valor. Sólo me preocupaba de subir como fuera, con el aspecto demacrado y las fuerzas agotadas. Tenía la esperanza de resurgir arriba. Otros años, ha hecho viento a favor en los cuarenta últimos kilómetros, y apenas tenías que pedalear para llegar a meta. Un hombre que me adelantó me dijo "¡vamos a llegar por cojones!". Yo, viendo la de gente que se estaba esperando a los autobuses y coches escoba, y comprobando que había habido ciclistas que incluso se los habían tenido que llevar rápido por desmayos, pensé a mis adentros que "los cojones me los había dejado en Requena". Aún así, subí, me arrastré como pude por la carretera, hasta llegar arriba. A falta de un kilómetro, pasé por un tramo que transcurría por un cortafuegos. ¡Dios mío! No podéis imaginar la vista que había desde allí. Lozoya se veía muy, muy abajo. El paisaje era impresionante. El embalse que hay junto al pueblo no hacía más que magnificar la belleza del paraje, no sé si decir que también del momento.
A lo largo del puerto, un par de anécdotas más que comentar.
Al principio se bordea una urbanización, supongo que de gente bastante adinerada. Y allí había un par de hombres tirados en unas colchonetas espectaculares, viendo desde su perspectiva transitar a los esforzados de la ruta. No se hacían a la idea de la envidia que me dieron. Para colmo, iban relatando lo que quedaba mientras yo pasaba. ¡Pedazo de cabrones!
Al final, cuando sólo restaban trescientos metros para concluir el puerto, una familia estaba animando. Yo llegaba prácticamente cadáver, creo que peor incluso que en aquella Ruta de los Vinos en la Chirrichana, que Moiso a veces tanto me recuerda. Y ahí estaba la moza, animándome. ¡Guau! Todo sería perfecto si el niño no se hubiera equivocado y me hubiera dicho "venga que ya estás ahí y desde allí ya es todo subida". No pude contenerme la risa. La madre acabó descojonándose, y yo por lo menos acabé más contento el puerto entre el chismorreo general. Ese niño había conseguido algo que parecía imposible: arrancarme una sonrisa en esos instantes tan duros.
Bajar, comer; comer, bajar... y así hasta el pueblo de Navafría. Los niños te piden bidones. Otros te animan, con el típico aliento al grito de "¡machote!". Me gustaría llevar bidones de sobra para esos chavalines, pero si les daba alguno, les estaba dando casi mi vida. Necesitaba el líquido a más no poder. Su ilusión o mi vida. Decidí ser egoísta.
Y seguí hasta Collado Hermoso, donde está el último avituallamiento. Mi gozo en un pozo. ¡Había viento en contra! Mis expectativas de encontrar un terreno favorable en el último tramo se habían desvanecido. En el llano, podía ir, aunque fuera a tirones, haciendo pequeños sprints a 30 km/h y dejando de pedalear hasta que la velocidad bajar a 20 km/h. ¡No podía hacer otra cosa! Quién me ha visto y quién me ve... hace sólo dos meses habría hecho la marcha con la gorra, y ahora... Cada subida era un mundo, como si me estuvieran apaleando. Cada repecho parecía un puerto nuevo, otro más que añadir a los cuatro con los que ya había superado los 2600 metros de desnivel. Para colmo, el puto viento en contra... No podía más. A falta de 28 kms para llegar a meta, cuando todo podría parecer favorable, me sentí totalmente inútil, el viento me impedía gastar las pocas fuerzas que me quedaban.
Sí, siempre lo he dicho, el ciclismo es muy, muy duro. No sólo a nivel físico, sino a nivel psicológico. Puedes parecer un Dios del Olimpo un mes, y reducir tu autoestima al de una rata de cloaca en cuestión de semanas. Mi cuerpo es sabio. Me dijo que hasta aquí habíamos llegado, y yo le hice caso.
Curiosamente, acabé la tarde en una residencia de ancianos, cerca del lugar donde la selección de baloncesto, ésa que tanto me apasiona, casi acaba ganando al Golliat de Estados Unidos.
Ahora toca descansar, salir un poco para no oxidarse del todo y acabar la temporada con un fenomenal sabor de boca: la ascensión al Tourmalet. La espero ansioso.
A partir de septiembre levantaré el pistón y, como creo que el problema ha sido estar bien demasiado tiempo, quizás el año que viene me plantee una temporada con un pico de forma algo más corto y con menos esfuerzos. Espero que resurjan los Degollaos, y participar en marchas nuevas para mí como Lagos de Covadonga y la Marmotte. Como véis, una paliza de éstas no acaba con mis ánimos, y menos cuando al poco de acabar la marcha, no me preguntéis por qué, me encontraba de lujo. Hoy tengo la sensación de poder coger la bicicleta y destrozar muchos registros personales. Lo que no sé es si me quedan ganas. Lo importante es que hay que empezar a planificar 2011, y que pronto el Tourmalet se unirá a los Lagos, la Lunada, el Veleta, Collado Bermejo, el Marie Blanque, el Portalet, la Laguna Negra, Santa Inés, Cotos, Abantos... en mi larga lista de puertos míticos ascendidos.

Cuarta participación en la Pedro Delgado y... ¿para qué negarlo?... un desastre. Tal vez sean demasiados esfuerzos este año. Mi cuerpo no pudo más...
Podría poner veinte mil excusas, pero no es lo más elegante. Ante todo, quiero que este blog refleje la realidad, y la realidad del ciclismo a veces es demasiado dura. Pero sólo quien conoce el amor sabe lo que es el sufrimiento, esta vida está compuesta de gozos y de sombras, y en ocasiones hay que saber perder para disfrutar más si cabe cuando se consigue una victoria.
Hasta ahora me había retirado de otras marchas por diversos motivos: averías mecánicas, gripazos, o mal tiempo (no en la Quebrantahuesos, precisamente, sino en la de Almenara hace dos años...). En esta Pedro Delgado el final ha sido el mismo, pero la razón no la acabo de encontrar. Simplemente no me iban las piernas. No hay mayor excusa, ni tampoco creo que deba darla.
Este domingo viví el momento más duro del año, quizás porque ha habido demasiado ajetreo, muchos entrenamientos largos, marchas muy exigentes y, al fin y al cabo, el cuerpo no deja de ser una máquina a la que no puedes engañar. Llega un momento en el que por más que la quieras exprimirlo, ya no hay nada de dónde sacar un mísero jugo. Supongo que eso fue lo que pasó.
En cualquier otra marcha de menos dureza habría llegado hasta el final, pero la Pedro Delgado es demasiado exigente como para andarse con benevolencias. Este año he superado tres veces la barrera de los 200 (Puertollano, Massamagrell y Quebrantahuesos), he estado mejor que en todos estos años atrás en mayo-junio, finalizando en Requena en pleno apogeo de la alergia y rayando a gran altura en la Quebrantahuesos, he superado el Veleta con problemas de salud... y todo eso desde el mes de marzo hasta ahora. Los tests de julio, en la Sierra de Madrid y en Puertollano fueron muy satisfactorios.
Pero ya os comentaba tiempo atrás el miedo que tenía a desfallecer a estas alturas. Más o menos sabía que estaba dando una vuelta sobre la cuerda floja de mi resistencia física y, desde luego, ha llegado el momento de descansar. Este deporte es muy cruel y, quizás por eso, también es capaz de aportar grandísimas satisfacciones. Este domingo tocó la parte amarga.
El martes subí a ritmo el Oronet, por ambas caras, y todo iba de lujo. Nada parecía presagiar la debacle... En las dos ascensiones, controlaba a la perfección las pulsaciones, manteniendo una cadencia elevada y un ritmo más que adecuado. Parecía estar perfectamente preparado. El peso reducido, al igual que el porcentaje de materia grasa... todo iba viento en popa. Las perspectivas eran muy buenas, ya que el entrenamiento y las sensaciones eran muy similares al año pasado, y en 2009 si no hubiera sido por la dichosa gastroenteritis habría superado con creces mis mejores registros.
No hubo problemas de salud, ni de falta de avituallamiento líquido, ni sólido, ni lesiones, ni nada que se le pueda parecer. Simplemente, en Navafría mi cuerpo dijo que hasta ahí había llegado. Sin embargo, siguió vagando por su particular via crucis, hasta Collado Hermoso, completando 145 kilómetros con más de 2600 metros de desnivel acumulado, habiendo superado los puertos de Navacerrada, La Morcuera, Canencia y Navafría, todo sea dicho, que no es poco... ¿Qué pasó hasta allí? Repasemos.
Como el año pasado, se salió del Acueducto de Segovia, marco incomparable donde los haya. Diecinueve siglos de historia contemplaban a algo más de 1800 valientes dispuestos a vivir una de las aventuras más brillantes que se pueden disfrutar en el ámbito cicloturista nacional. Allí estaban el propio Pedro Delgado, el mismísimo Alejandro Valverde, y leyendas del deporte patrio como Jesús Rodríguez Magro y Miguel Ángel Iglesias. Dicho sea de paso, la marcha rendía un merecido homenaje a José Luis Pascua, quien ha sido preparador de corredores del nivel de Ángel Arroyo, Marino Lejarreta, Chava Jiménez, Óscar Pereiro, Carlos Sastre, Joane Somarriba y el propio Perico.
La salida por el terreno adoquinado, con unos cien metros de desnivel para empezar, no es nada fácil. Trucos que tiene uno, en cuanto pude me subí a la acera, no siendo el único espabilado precisamente. Ya habrá tiempo para ir al Tour de Flandes. Fui controlando el ritmo cardíaco, lo cual es primordial en esto de las marchas de larga distancia. Entre unas cosas y otras nos plantamos en La Granja de San Ildefonso, desde donde discurre el primer coloso de la jornada, las Siete Revueltas de Navacerrada. Si digo que son 11.4 kms al 5.5% es un poco engañoso, ya que los cuatro primeros no pasan del 3%. Los siete últimos, sin embargo, se mueven todos entre el 6.5% y el 7.7%, porcentajes todos ellos muy constantes, los cuales, sin necesidad de tener grandes rampas, van haciendo mella en los sufridos participantes. Es un puerto muy bonito de subir, las revueltas son espectaculares, y la continuidad de sus rampas permite coger un ritmo mantenido.
Llegué a la cima con cinco minutos más que el año pasado. Buena señal, aunque no lo parezca, porque la consigna era no reventarme antes de Navafría, comer bien, controlar el corazón y recuperar todo el tiempo en la parte final. Para que os hagáis una idea, en 2009 llegué a Lozoya (pie de puerto de Navafría) con 20 minutos menos que en 2007-2008, y acabé haciendo 20 minutos más en la meta. Por tanto, hay mucho margen en los últimos kilómetros, y a eso quería jugar yo, a llegar con 20 minutos de retraso a Lozoya respecto de 2009, para ir a tope desde ese punto.
Entre Navacerrada (divisando la famosa Bola del Mundo, por cierto) y Cotos, hay una pequeña meseta de siete kilómetros donde aproveché para hacer tres cosas: comer, comer y comer. Sí, por cierto, también bebí algo. En el descenso maldije la lluvia de la Quebrantahuesos, que agotó parte importante de unas zapatas delanteras que estando estrenadas en Sabiñánigo prácticamente debería cambiar ya. Las cubiertas, dada la experiencia de Segorbe la semana anterior, eran nuevas. Bajé sin estresarme demasiado, más si cabe cuando vimos alguna que otra ambulancia atendiendo a ciclistas que se habían dado un buen tortazo.
Pasamos por el precioso pueblo de Rascafría, con su emplazamiento incomparable, dejando atrás el Monasterio del Paular, sus agotadores adoquines y el inolvidable bar de Porfirio, artífice de los mejores judiones de la zona. Ahora tocaba la Morcuera...
13.4 kms de ascensión al 4.7% de pendiente media, con algunos kilómetros por encima del 7%. Seguía controlando perfectamente las pulsaciones, un poco más bajas que el año pasado, para regular más y mejor. El público animaba en la cuneta. Recuerdo una mujer de treinta y tantos, que le decía a su compañera que "esto es una pasión". "No lo sabes tú bien, hija mía", pensé, "aunque a veces la pasión pueda ser una putada". Pero sí, resulta que esto engancha, para bien y para mal, y ya mismo tengo ganas de hacer más y más cosas con la bici aunque lo pasara mal el domingo. Poco más tarde, un hombre de Parla me confundió con a saber quién. "¿Dónde están tus compañeros?". Cuando le dije que había venido solo, y me comentó que el año pasado la había hecho con nostros, los Rodadores, dedujimos en el pequeño grupo que el pobre hombre debía haber ido borracho el año pasado, o muy cansado, para ver doble, porque también en 2009 fui el único "Rodador" en participar en esta marcha. Quizás es que deje demasiada huella.
Cima de la Morcuera. Diceiséis minutos más que en 2009. Estaba dentro de los márgenes antes citados, pero ya había que empezar a mantener las diferencias para recuperar en el tramo final. Parada en el avituallamiento. Beber, beber y beber. En la bajada hacia Miraflores de la Sierra, otras tres preocupaciones: comer, comer y comer. Todo según lo establecido hasta ahora, salvo un ligero retraso de unos cinco minutos respecto de lo que habría deseado. Nada preocupante.
Canencia engaña mucho. Si digo que son 8 kms al 4.6% pensaréis que es un paseo. Si digo que los dos primeros son al 6.5% y al 5.4% y los tres últimos entre el 7.1% y el 7.7%, teniendo rampas del 17% en el primer kilómetro, la cosa cambia bastante. Entre el tercer y el quinto kilómetro, son tramos muy llevaderos, pero las rampas iniciales y la sección final son criminales. Seguí subiendo mirando las pulsaciones, como si la cosa no fuera conmigo, compartiendo grupos con gente de Cantabria, unos cachondos de Cabezón de la Sal, todos con el maillot de la marcha de los diez mil del Soplao, fabulosas cuevas, por cierto. También había un grupo de gente de Carcaixent y muchos más ciclistas. Nada que reseñar, salvo que el mosqueo en la cima del puerto ya era preocupante. Una cosa era regular, controlar el ritmo cardíaco, y avituallarse, y otra era que la diferencia se fuera ya a 26 minutos. Algo no iba bien. Afortunadamente, a falta de mil metros había un abuelete ofreciendo vasos de agua, que muy gustoso acepté, y arriba daban un bidón con sales minerales. Me sentía bien, pero los tiempos no lo acababan demostrar. "Tranquilo, el año pasado te hundiste por la gastroenteritis y hay mucho margen de mejora a partir de Lozoya, estás haciéndolo como hace dos y tres años", me dije. Y con esa premisa bajé el puerto, hasta el pueblo de Canencia.
Sin embargo, el tramo hasta Lozoya, unos doce kilómetros de repechos, no fueron muy halagüeños, y eso sí que me mosqueaba. ¿Para qué había servido regularse tanto, comer tanto, beber tanto, si ahora no iba en condiciones? ¿Dónde estaban las grandes sensaciones del martes en el Oronet? ¿Dónde estaba ese Vicente que había superado el reto de Requena? ¿Dónde estaba aquél que estaba mejor que otros años en la Quebrantahuesos? No me reconocía.

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